Ese año me enseñó a valorar las bendiciones como un surfista cuenta las olas: con la mirada fija en el horizonte, paciente, lista para lo que venga. Empecé en una habitación de hospital, escuchando la lluvia resbalar por la ventana como una lenta marimba, midiendo mi progreso en vueltas por el pasillo y cucharadas de sopa. El mundo exterior parecía un torbellino de confusión. Sin embargo, dentro de esa habitación, había pequeñas muestras de cariño que lo cambiaron todo: una enfermera que contaba el mismo chiste tonto a las tres de la mañana, un médico que se quedaba a escuchar el final de una historia, mi doctora viniendo a mi habitación solo para pasar tiempo conmigo viendo un partido de fútbol, ​​y una hermana que me escribía mensajes como un faro, constante y brillante. En algún punto entre los monitores y el café de la mañana, me di cuenta de que aceptar mi condición y ser verdaderamente agradecida, con una gratitud inquebrantable, ha sido sanador para mí.

La enfermedad hizo una curiosa limpieza en mi vida. Algunas personas que daba por seguras que estarían ahí se fueron silenciosamente. Otras, a las que consideraba conocidas, llegaron como ángeles con comidas calientes, llevándome a mis citas médicas y esa clase de amabilidad práctica que no espera agradecimiento, pero que hace posible la recuperación. Mi círculo no se redujo; se amplió. Aprendí a decir «gracias» en el momento, no como un mero formalismo, sino como un hábito, como respirar. También aprendí a aceptar la ayuda de los demás. Esto me resultó muy difícil, ya que normalmente era yo quien brindaba ayuda.

Cuando por fin tuve fuerzas para volver a caminar por la playa, Guanacaste me recibió con su generosidad habitual: un cielo pintado por un sol radiante, una guacamaya volando en lo alto y un surfista solitario dibujando líneas en la superficie de una pequeña ola amigable. Cerca, mis amigos paseaban descalzos, hablando de todo y de nada: cómo la temporada verde había engordado los cerros, qué refresco aún prepara el mejor gallo pinto, qué banda local nos había sorprendido en un bar escondido. La gratitud no se sentía grandiosa; se sentía cotidiana y precisa. Sabía a sal, olía a tierra mojada y sonaba como risas llevadas por el viento. Tras mi mudanza a Escazú, valoro aún más la frescura que me está ayudando a sanar.

Costa Rica te enseña esta lección a diario si te lo permites. La aventura no es solo una tirolesa o un rápido; es la primera palada en aguas tranquilas después de semanas encerrado. La cultura no se limita al estreno de una obra de teatro; es el mural que te detienes a contemplar mientras nace en una pared de San José. El entretenimiento es un set de tres canciones de un adolescente con una guitarra destartalada en un café de Nosara. La vida silvestre es una tortuga que arrastra la luz de la luna hasta la orilla, o un tucán que interrumpe tus pensamientos con un destello amarillo y verde. Una transacción inmobiliaria puede ser una operación familiar gestionada con integridad que tranquiliza a sus familias. Un negocio puede ser una pequeña tienda que mantiene a su personal durante los meses de menor actividad y celebra la primera reserva completa de la temporada alta con un casado compartido. La comida, por supuesto, lo es todo: un mango comido sobre el fregadero; un plato de frijoles negros con arroz que sabe a hogar, incluso si tu hogar es un país que elegiste más adelante en la vida.

La gran sorpresa del año fue cómo los pequeños gestos de amabilidad superan a los grandes. Una visita breve vale más que una promesa larga y postergada. Un simple mensaje que dice «Estoy pensando en ti» puede aliviar un momento difícil. La recuperación no fue dramática; fue gradual y, curiosamente, creativa. Aprendí a fijarme pequeñas metas: un pasillo, una llamada, una puesta de sol. En los peores días, agradecía a mi cuerpo lo único que aún hacía bien: respirar, descansar, resistir; y ese agradecimiento me aliviaba la opresión en el pecho.

A medida que el calendario se acerca al final del año, siento que se cierra un capítulo. Fue un capítulo difícil, lleno de agujas y cifras, pero también de familia elegida y bondad desinteresada. Mis amigos permanecieron fieles. Personas a las que apenas prestaba atención se volvieron esenciales. La constancia de mi hermana cambió el rumbo de mi vida. Los médicos se preocuparon más allá de sus historiales clínicos. Las enfermeras convirtieron las largas noches en tiempo real. Estas personas ahora forman parte de mi vida; ningún capítulo futuro tiene sentido sin ellas.

Así que este mes de agradecimiento no es para mí una pausa de cortesía entre festividades; es el ritmo que quiero mantener. El mundo puede parecer inestable. Pero aquí, bajo un cielo espléndido y entre buena gente, hay una forma de vivir que mantiene la mano abierta. La gratitud, ofrecida y recibida, nos da valentía. Estoy agradecida de haberme quedado. Estoy agradecida de haber sanado. Y estoy agradecida de que mañana, si tengo suerte, me depare otro milagro cotidiano: un café caliente, un saludo amistoso, una palabra amable y la oportunidad de decir «gracias» de nuevo.

¡GRACIAS!

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Juan Quam