En el corazón de Costa Rica, donde la exuberante selva se extiende a orillas del río Tárcoles, un hombre llamado Gilberto “Chito” Shedden se convirtió en leyenda. No por conquistar la naturaleza, sino por forjar un vínculo con una de sus criaturas más temidas: el cocodrilo americano. Conocido hoy como el “Susurrador de Cocodrilos de Tárcoles”, la historia de Chito con un cocodrilo llamado Pocho es una de las amistades entre humanos y animales más asombrosas que el mundo haya presenciado.
Chito era pescador de profesión, nacido en el pequeño pueblo de Siquirres. Un día, mientras caminaba cerca del río Tárcoles, famoso por albergar una de las mayores concentraciones de cocodrilos del mundo, se topó con un cocodrilo inmóvil flotando cerca de la orilla. Le habían disparado en la cabeza y lo habían dejado morir. La mayoría se habría marchado, pero Chito no. Impulsado por una profunda compasión, cargó al cocodrilo casi sin vida en su bote y se lo llevó a casa. Lo llamó Pocho.

Lo que siguió no fue solo un acto de rescate, sino de profundo compromiso. Chito alimentó a Pocho con pollo crudo, curó sus heridas con remedios caseros e incluso durmió a su lado por las noches para que se calmara. Tras meses de cuidados y compañía, Pocho comenzó a recuperarse, no solo física, sino emocionalmente, respondiendo a la presencia de Chito con una confianza visible. Con el tiempo, el cocodrilo siguió órdenes sencillas, reconoció su nombre e incluso permitió que Chito nadara a su lado.
A medida que se corrió la voz de la inusual amistad, la gente no lo creía, hasta que lo vieron con sus propios ojos. En un lago poco profundo cerca de su casa, Chito y Pocho realizaban espectáculos semanales, donde el enorme cocodrilo dejaba que Chito lo besara, lo alimentara de la mano e incluso jugara a la lucha libre en el agua. La multitud se reunió, boquiabierta. Biólogos, veterinarios y periodistas confirmaron que no había ningún truco: Pocho no estaba drogado ni entrenado con miedo. Simplemente, se había unido a Chito de una manera que desafiaba la lógica y reescribía lo que creíamos saber sobre los cocodrilos.
El río Tárcoles, conocido mundialmente como un punto de encuentro para los tours de avistamiento de cocodrilos, se convirtió en sinónimo de esta extraordinaria pareja. Pero más allá del espectáculo, el mensaje de Chito fue claro: los cocodrilos no son los asesinos insensatos que se les pinta. "Son inteligentes", insistió. "Recuerdan la bondad". Si bien nadie sugiere que la gente se apresure a hacerse amiga de un cocodrilo salvaje, la relación de Chito y Pocho desafió la idea de que los cocodrilos son incapaces de formar vínculos emocionales.
Pocho falleció en 2011 por causas naturales. A su funeral asistieron residentes locales, medios de comunicación y aficionados a la vida silvestre. Actualmente, una estatua se erige en su honor en Siquirres, un recordatorio del cocodrilo que se convirtió en el improbable embajador de la fauna incomprendida de Costa Rica. Desde entonces, Chito ha intentado conectar con otros cocodrilos, pero admite abiertamente: «Nunca habrá otro Pocho».
Hoy en día, la historia del Susurrador de Cocodrilos sigue fascinando y atrayendo turistas a Costa Rica. Quienes visitan el río Tárcoles aún preguntan por Chito y Pocho durante los tours de avistamiento de cocodrilos. Su vínculo es un poderoso ejemplo de empatía que trasciende las especies. Ofrece una historia verdaderamente salvaje de conexión en uno de los rincones con mayor biodiversidad del mundo, así como los propios avances.






